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Modulab, la primera empresa chilena de ecodiseño

Antes de pensar en comprar un producto, muchos consumidores evalúan aspectos bastante ajenos a su utilidad, como la manera en que viene envasado, con qué materiales fue elaborado, y cómo se desechará después.

El uso de materiales sustentables ha adquirido preponderancia entre algunos diseñadores, porque hay un público que rige su vida de acuerdo al reciclaje, el cuidado del medio ambiente y la reutilización de desechos.

Modulab, la primera empresa chilena de ecodiseño

En el año 2001 pocos se preocupaban de este tema en Chile y a Pamela Castro, en ese entonces estudiante de diseño industrial y actual socia de Modulab, la primera empresa de ecodiseño en Chile, le era bastante indiferente. Pero todo cambió cuando por falta de dinero para comprar materiales para sus trabajos universitarios comenzó, junto a su compañero Felipe Ferrer (ahora su socio), a reutilizar los materiales que otros compañeros desechaban luego de presentar sus trabajos.

“En esa época el material de desecho era basura y no valor agregado como puede ser considerado ahora. Tampoco estaba de moda. Recorríamos escuelas de diseño y arquitectura buscando material. Recogíamos pernos, palos de maqueta, bolillos, de todo, y empezamos a experimentar con el PVC que había en la calle, el de los carteles de permisos de circulación, por ejemplo. En época de elecciones nos llenábamos de material”.

En esa época iniciaron el trabajo con unas marcas de ropa. “Creamos una línea de accesorios hechos de material de desecho, sin que ellos supieran. Hicimos bolsos de PVC, cinturones, carteras y unas pulseras de acrílico que se pusieron muy de moda”, cuenta ella. Un tiempo después, cuando abiertamente les propusieron a las empresas trabajar con dichos materiales, confiesa que “no nos pescaron”.

Lejos de deprimirse, Pamela y Felipe se dieron cuenta de que habían encontrado la fórmula para hacer algo realmente innovador. “La gráfica del cine era mucho más atractiva de lo que eran las telas de PVC con las que habíamos estado trabajando hasta ese momento. No era muy atractivo tener un bolso con la cara de un candidato a diputado, pero sí tenía mucho más valor tener un bolso de la última película de Brad Pitt”.

En 2006 concretaron las conversaciones con las distribuidoras de películas para conseguir las licencias correspondientes para hacer bolsos, carteras y billeteras, entre otros productos, con los banners de la industria cinematográfica. “Cuando la basura no es de nadie no tiene valor, pero cuando se lo encuentras, tiene precio”, aseguran en Modulab, quienes en la actualidad trabajan en conjunto con Disney, Fox, Bazuca Films, Warner y UIP entre otras distribuidoras cinematográficas. “Incluso recibimos un premio de Disney. Anualmente ellos condecoran a sus licenciatarios y en 2006 crearon la categoría 'Diseño e innovación' para premiarnos”.

El emprendimiento de los socios de Modulab tuvo un gran impulso un año después, cuando postularon en CORFO a un Capital Semilla Línea 2, fondos que apoyan negocios innovadores. Gracias a él, obtuvieron 40 millones de pesos.

Durante este año ya han reutilizado alrededor de 30 mil metros cuadrados de material, con los que han hecho 25 mil productos. “Reutilizamos algunos materiales y otros los reciclamos, como el caucho, trabajamos con talleres donde hemos tenido hasta 50 personas colaborando. Tratamos de incluir gente de escasos recursos en la cadena de valor de nuestros productos, ya sea recolectando el desecho o en la manufactura”, explica Pamela.

En momentos en que en Chile existe una mayor conciencia ecológica de la que había hace unos años atrás, los socios de Modulab, empresa que actualmente exporta el 80% de sus productos, se han diversificado y ahora asesoran a empresas que están preocupadas del impacto ambiental que generan.

“Los productos ecológicos tienen un valor que la gente está dispuesta a pagar cuando no producen impacto en su elaboración, son estéticamente atractivos y tienen una logística en la recuperación del material. Les importa la concepción del producto hasta su fin. No importa sólo la funcionalidad, sino que si el producto lo hizo un niñito en China a cambio de una taza de arroz o qué pasará después con el producto, cuando ya no sea útil”, finaliza.