Innovación política

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Juan Emilio Cheyre

Director fundador del Centro de Estudios Internacionales de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se desempeñó como comandante en jefe del Ejército entre 2002 y 2006. Posee los grados académicos de Doctor en Ciencia Política y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid; Magister en Planificación y Gestión Estratégica por la Academia de Guerra del Ejército; y Magíster en Ciencia Política con mención en RR.II. de la PUC.

 Cuando se habla, se estudia o se proponen temas vinculados a la innovación, es normal que de inmediato pensemos en asuntos vinculados a la ciencia, la tecnología, los productos concretos o actividades relacionadas con ámbitos de esa naturaleza. Pareciera que la innovación no alcanza a la política o a los políticos.

 
Pienso que la innovación y los innovadores no tienen límites en los ámbitos hacia los cuales pueden orientar sus ideas y emprendimientos. Sin embargo, reconozco que en general los incentivos están puestos en el desarrollo de iniciativas propias de las ciencias duras, ya que incluso las ciencias sociales no se ven favorecidas en tal sentido, y menos, en proyectos de innovación vinculados a temas políticos. También es un hecho probado que quienes tienen una vocación de innovadores, no incursionan en este tipo de asuntos y tampoco conozco bibliografía relevante que dedique sus estudios o propuestas sobre la innovación política o del quehacer político.
 
En estas líneas pretendo resaltar que la temática a la que me refiero necesita ocupar un espacio en los temas de innovación y concitar el interés de los innovadores. Asimismo, planteo que organismos e instituciones pertinentes deberían crear sistemas para apoyar proyectos de esta naturaleza.
 
La razón es una y muy simple, y queda reflejada en una reciente encuesta de la Universidad Católica (en conjunto con Adimark), efectuada con motivo del Bicentenario, y que abarca un seguimiento de cuatro años en relación a distintas temáticas. Ante la pregunta ¿qué confianza le merecen las siguientes instituciones?, los dos últimos lugares los ocupan parlamentarios y políticos: 5% para los primeros, en una cifra idéntica a la del 2006; y 5 % para los segundos, un punto porcentual menos en relación al mismo periodo.
 
No solamente las estadísticas lo demuestran, existe consenso sobre la necesidad de una reforma del Estado; hay conciencia que nuestros partidos políticos tienen graves fallas en su democracia interna, aquella que define los candidatos y delinea la forma de actuar en la adopción de decisiones. Nuestro sistema electoral, con uno de los padrones más envejecidos del mundo, sumado a la apatía de los jóvenes por participar en política, son claras muestras que ese ámbito de la actividad requiere de innovación. Se agrega a ello una falta de metodología en la adopción de decisiones políticas en temas internacionales o manejos de crisis.
 
Sin duda, es un proceso diferente a los que tradicionalmente se presentan en el mundo de las actividades empresariales, productivas o de carácter científico puro. Pero no creo equivocarme cuando digo que hay metodologías, ideas y oportunidades para que los conceptos que guían la innovación y la vocación que inspira a los innovadores, abarque también temas políticos.
 
Descubrir cuáles son ellos y hacer propuestas concretas que innoven nuestro sistema político, el actuar de sus protagonistas y la forma de ejercer esa noble actividad, es un desafío que Chile debe enfrentar. Para que las personas sientan el llamado vocacional y dediquen sus capacidades a esos fines, el Estado, el sector privado, y los entes que apoyan la innovación, deberían incluir en sus prioridades e incentivos esta vertiente del tema.
 
Fecha : 
20 octubre, 2010